<body><script type="text/javascript"> function setAttributeOnload(object, attribute, val) { if(window.addEventListener) { window.addEventListener('load', function(){ object[attribute] = val; }, false); } else { window.attachEvent('onload', function(){ object[attribute] = val; }); } } </script> <div id="navbar-iframe-container"></div> <script type="text/javascript" src="https://apis.google.com/js/platform.js"></script> <script type="text/javascript"> gapi.load("gapi.iframes:gapi.iframes.style.bubble", function() { if (gapi.iframes && gapi.iframes.getContext) { gapi.iframes.getContext().openChild({ url: 'https://www.blogger.com/navbar/28541471?origin\x3dhttp://spiff-o-rama.blogspot.com', where: document.getElementById("navbar-iframe-container"), id: "navbar-iframe" }); } }); </script>

viernes, agosto 12, 2005

Barbanegra, Kidd, Jack Sparrow... ¿Qué tienen en común?

Más bien debemos de preguntarnos qué tienen en común ellos con los buhoneros que vemos todos los días en las principales calles y avenidas del país. La respuesta: que son piratas o que avalan la piratería.

Creía que había visto todo hasta que en una de mis correrías por el espacio profundo de la UCV, concretamente a la salida de la estación del metro que desemboca en la Plaza Las Tres Gracias alrededor de dos semanas atrás, vi una rebatiña de personas similar a cualquiera que uno viese en cualquier mercado libre que vendiese el kilo de carne de primera a Bs. 500. Contrario a lo que pude pensar en un principio de que era una de tantas concentraciones anti imperialistas tan demodé o de moda (dependiendo de la ideología de cada cual), al ver los tarantines dispuestos semi ordenadamente, me asomé con la curiosidad del caso. Cual no sería mi asombro al ver gente de todas las clases y condiciones sociales: pobres, ricos, sifrinos, gente sencilla, adultos, jóvenes, niños, personas de tercera edad, bien vestidos, mal vestidos, de Tommy Hilfiger o de Traki Fashion Mall llevándose películas en DVD a lo que puediese ocupar su mano (o sus manos.) Y no solo eso, planes de cambio de películas cual club de video y títulos fílmicos que todavía no se habían estrenado en las salas de cine del país.

Hace un tiempo, David Adelson, editor de la revista de música “Hits” y antiguo colaborador musical del noticiero “E! News” de E! Entertainment Television colocaba cada fin de semana las canciones y las películas más bajadas según el servicio de downloads Big Champagne. Al final de cada conteo, hacía un llamado de atención al hecho de que tanto la empresa discográfica como la cinematográfica no hacían nada para parar la tendencia, pero en el fondo la apoyaba al hacer ver que tanto en cine como en la música no ha habido nada interesante que ameritara pagar por una entrada a una sala de cine o pagar por un disco sin ningún beneficio adicional, salvo el tener música por 45, 60 o más de 70 minutos.

Es interesante de analizar este fenómeno. Cuando la música se las vio negras con los downloads ilegales (y aun continua) empleó los mecanismos legales que tenía a su alcance para parar de modo alguno esto –recordar el caso Napster y Lars Ulrich de Metallica-, algo que se ha magnificado al aumentar las velocidades de conexión a Internet. Y como una progresión natural de hechos, el siguiente paso era bajar películas, quemarlas en miles de copiadoras de DVD y venderlas a precios por debajo del costo de una entrada a un multiplex. ¡Ojo! No crean que esto sucede en el tercer mundo o en países del sudeste asiático o en la Rusia post comunista. Al sur de Manhattan en Canal Street, en pleno Chinatown se ve la misma escena que en Sabana Grande: buhoneros con telas vendiendo los títulos más recientes de las carteleras cinematográficas y musicales.

Esto puede analizarse de muchos puntos: la inseguridad al salir a las calles, el costo de la vida que reprime el entretenimiento legal, el cambio de mentalidad sobre la diversión al concentrarla toda en la casa, la globalización que ya hace obsoleta la división por zonas de los estudios de cine para sus estrenos, el alto costo de una entrada de cine para un grupo familiar grande o del alquiler de una película en un club de video legal así como de comprar un disco donde sólo hay una canción buena y 12 más de relleno de almohadas, las mafias tecnológicas que van casi al mismo ritmo que los sistemas legales de los estudios y las empresas de grabación musical. Podríamos seguir mencionando posibles causas y el espacio se haría insuficiente.

En Spiff-O-Rama no tomamos partido por un punto o por otro; es decir, no estamos de acuerdo en que la piratería sea la forma más idónea de hacer las cosas. Pero también estamos de acuerdo en que los egos se han inflado (al menos en la comunidad cinematográfica) donde se pagan cifras astronómicas por talentos cuestionables para realizar productos desleznables, y ni hablar de la industria musical donde la falta de talentos y de buen gusto raya en la depresión crónica. Y por último, un país donde el entretenimiento legal no forme parte de las necesidades básicas de la población y en donde la única intención sea el sobrevivir con el poco dinero que reciban quince y último, amén de sobrevivir el fin de semana a los partes de guerra, es tarea difícil de que la ley se haga valer y la piratería seguirá ganando adeptos de diversa clase e índole. O lo que es lo mismo, hay Barbanegras, Capitanes Kidd y Jacks Sparrows para rato.