¡Vaya Clase de Monstruo!
Esa es la clase de reacción que uno recibe al terminar de observar el documental del 2004 “Metallica: Some Kind Of Monster”, en donde se hace una suerte de disección cual parte forense del estado de una de las agrupaciones de rock más importantes de todos los tiempos.
El mismo arranca en el 2001, cuando se anuncia la salida de la banda del bajista Jason Newsted (valga decir, uno de los artífices del sonido “para machos” de la banda luego de la muerte del genio de Clifford Lee Burton en 1986). Este suceso ocurre en el instante que Metallica estaba por iniciar la grabación del disco “St. Anger”, y en consecuencia Q Management, la empresa encargada del manejo de la banda decide con la aprobación de la banda contratar a un psicólogo para que haga un análisis y aporte soluciones a los miembros de la banda, sus interrelaciones, su progreso musical y otras consideraciones.
Al mismo tiempo que llaman al psicólogo, también acuerdan que un equipo de filmación los grabe en todo momento, dentro y fuera del estudio de grabación, muy en la onda de un reality show. Y junto con ello, empiezan a grabar el disco utilizando a Bob Rock como bajista de sesión, amén de producirlo.
En esta fase se observan las tensiones presentes entre ellos que datan de hace más de 20 años, sólo que en aquellos tiempos eran ahogadas en alcohol (de esa época data el nombre que le daban los fans: Alcohólica). Aquí se hacen evidentes las diferencias entre la forma de tocar, las letras de las canciones, la forma de producción (se instaló un equipo en un edificio abandonado en la ciudad de Presidio, California), y el hecho de que ahora habían relaciones fuera de la banda entre sus miembros (matrimonios, hijos y demás extras). Dentro de este entorno lleno de elementos discordantes y agotamiento –algo que las cámaras captan magistralmente- sucede el ingreso de James Hetfield en una clínica de desintoxicación por “agotamiento, abuso de alcohol y de otras sustancias no especificadas.”
Esto lleva tanto a Lars Ulrich como a Kirk Hammet a un estado de incertidumbre total acerca de cuando va a volver James (si es que lo iba a hacer) y de hacerlo, si quería seguir en el grupo. En esta fase con quien mantiene contacto James es con Kirk; no con Bob Rock ni con Lars (con quien tiene las mayores diferencias). Además se registra el primer concierto de la nueva banda de Jason: Echobrain, al cual asisten Lars, Kirk y Bob Rock, pero no llegan a contactar a Jason tras bastidores.
Y además se produce un fenómeno impensable hasta ese momento durante una de las sesiones de terapia: es invitado el ex guitarrista Dave Mustaine. En la sesión está sólo Lars, James sigue en rehabilitación; y la misma sirve para tratar de hacer las paces y de válvula de escape para Dave de drenar todo lo malo que siente que le ha pasado desde el instante en que fue expulsado de la banda (críticas de periodistas y fans, sensación de minusvalía comparando su banda Megadeth con Metallica), y al menos de parte de Dave quiere hacer un esfuerzo de mejorar su relación, pero siente que falta un elemento importante para que esa reconciliación sea total; es decir, faltan James y Cliff.
En todo ello sigue sin aparecer James y el disco sigue retrasado. Un año después regresa James, limpio y sano. Y de nuevo salen a flote las diferencias, sólo que ahora están focalizadas en el tiempo que se le va a dedicar al trabajo del disco: 4 horas al día; esto con el fin de que cumpla con los pasos de su recuperación. Aun así y con todo y diferencias, logran grabar el disco.
Y se llega al año 2003, ya está listo el disco y se ven en la necesidad de contratar a un bajista para tocar las piezas tanto del nuevo disco como los clásicos. En las audiciones se ven diferentes bajistas de toda clase y estilo: desde el bajista de Corrosion Of Conformity, pasando por Twiggy Ramírez (exbajista de Marilyn Manson), Danny Lohner (bajista de giras de Nine Inch Nails), hasta llegar al contratado: Rob Trujillo, exbajista de Suicidal Tendencies y de la banda de Ozzy Osbourne. Así mismo se puede presenciar la grabación del video clip de la canción “St. Anger” en la prisión de San Quintín hasta llegar al inicio de la gira del disco homónimo, con lo cual se llega a 2004, fecha en la cual terminan las grabaciones del documental.
El documental logra su cometido al servir de vehículo para que el público espectador sea testigo de excepción de las altas y bajas de una banda de rock –ya en el pasado se había visto aunque limpiada en parte en el documental de The Beatles “Let It Be”-, además de que el mismo sirve para demostrar las debilidades y fortalezas de cada integrante. En este particular, puede verse que James con todo y la imagen que da en la banda, se aprecia que es el más sensible y con más asuntos por resolver de los miembros; Kirk se aprecia como el más ecuánime y centrado de los tres, y Lars se nota como el más mandón y que se queja más dentro del grupo. En cuanto a Bob Rock, da la sensación de ser un mero espectador, salvo en lo correspondiente a grabar las partes del bajo en el disco y tener el aspecto más fashion rock de todos los tiempos: parece un gemelo de Jon Bon Jovi –mismo corte de cabello, misma actitud fashion rock, etc.-
Y al final uno puede llegar a comprender por qué grabaron uno de los discos más malos de fecha reciente: “St. Anger”. Si querían volver al sonido crudo del principio, debieron de haber buscado a otro productor, no al artífice de la suavidad llamado Bob Rock. Al menos Trent Reznor llamó al genial Bob Ezrin (maestro de la continuidad en el clásico “The Wall” de Pink Floyd) para que uniera los puntos en el también clásico disco “The Fragile” de Nine Inch Nails. Y eso es el principal problema del “St. Anger”; es más, uno puede grabar un disco sin saber de música y el resultado sería mejor que el que logró Metallica.
En resumen, “Metallica: Some Kind Of Monster” logra su cometido de entretener sin llegar a los niveles de falta de guión de los reality shows, documenta sin volverse panfletario a lo “Fahrenheit 9/11” y mantiene la atención sin aburrir como muchos documentales de tono realista. Muestra las cosas como son sin adornos y sin bajar el nivel, tal como sucede en la vida real, y más aun en el mundo del rock. Una joya de alto valor, no al nivel de “Cliff ´Em All” o de “One Year & A Half In The Life Of Metallica”, pero es entretenido y revelador, y eso es lo que importa en el buen cine. Altamente recomendable. Cuatro estrellas y media de un máximo de Cinco.
El mismo arranca en el 2001, cuando se anuncia la salida de la banda del bajista Jason Newsted (valga decir, uno de los artífices del sonido “para machos” de la banda luego de la muerte del genio de Clifford Lee Burton en 1986). Este suceso ocurre en el instante que Metallica estaba por iniciar la grabación del disco “St. Anger”, y en consecuencia Q Management, la empresa encargada del manejo de la banda decide con la aprobación de la banda contratar a un psicólogo para que haga un análisis y aporte soluciones a los miembros de la banda, sus interrelaciones, su progreso musical y otras consideraciones.
Al mismo tiempo que llaman al psicólogo, también acuerdan que un equipo de filmación los grabe en todo momento, dentro y fuera del estudio de grabación, muy en la onda de un reality show. Y junto con ello, empiezan a grabar el disco utilizando a Bob Rock como bajista de sesión, amén de producirlo.
En esta fase se observan las tensiones presentes entre ellos que datan de hace más de 20 años, sólo que en aquellos tiempos eran ahogadas en alcohol (de esa época data el nombre que le daban los fans: Alcohólica). Aquí se hacen evidentes las diferencias entre la forma de tocar, las letras de las canciones, la forma de producción (se instaló un equipo en un edificio abandonado en la ciudad de Presidio, California), y el hecho de que ahora habían relaciones fuera de la banda entre sus miembros (matrimonios, hijos y demás extras). Dentro de este entorno lleno de elementos discordantes y agotamiento –algo que las cámaras captan magistralmente- sucede el ingreso de James Hetfield en una clínica de desintoxicación por “agotamiento, abuso de alcohol y de otras sustancias no especificadas.”
Esto lleva tanto a Lars Ulrich como a Kirk Hammet a un estado de incertidumbre total acerca de cuando va a volver James (si es que lo iba a hacer) y de hacerlo, si quería seguir en el grupo. En esta fase con quien mantiene contacto James es con Kirk; no con Bob Rock ni con Lars (con quien tiene las mayores diferencias). Además se registra el primer concierto de la nueva banda de Jason: Echobrain, al cual asisten Lars, Kirk y Bob Rock, pero no llegan a contactar a Jason tras bastidores.
Y además se produce un fenómeno impensable hasta ese momento durante una de las sesiones de terapia: es invitado el ex guitarrista Dave Mustaine. En la sesión está sólo Lars, James sigue en rehabilitación; y la misma sirve para tratar de hacer las paces y de válvula de escape para Dave de drenar todo lo malo que siente que le ha pasado desde el instante en que fue expulsado de la banda (críticas de periodistas y fans, sensación de minusvalía comparando su banda Megadeth con Metallica), y al menos de parte de Dave quiere hacer un esfuerzo de mejorar su relación, pero siente que falta un elemento importante para que esa reconciliación sea total; es decir, faltan James y Cliff.
En todo ello sigue sin aparecer James y el disco sigue retrasado. Un año después regresa James, limpio y sano. Y de nuevo salen a flote las diferencias, sólo que ahora están focalizadas en el tiempo que se le va a dedicar al trabajo del disco: 4 horas al día; esto con el fin de que cumpla con los pasos de su recuperación. Aun así y con todo y diferencias, logran grabar el disco.
Y se llega al año 2003, ya está listo el disco y se ven en la necesidad de contratar a un bajista para tocar las piezas tanto del nuevo disco como los clásicos. En las audiciones se ven diferentes bajistas de toda clase y estilo: desde el bajista de Corrosion Of Conformity, pasando por Twiggy Ramírez (exbajista de Marilyn Manson), Danny Lohner (bajista de giras de Nine Inch Nails), hasta llegar al contratado: Rob Trujillo, exbajista de Suicidal Tendencies y de la banda de Ozzy Osbourne. Así mismo se puede presenciar la grabación del video clip de la canción “St. Anger” en la prisión de San Quintín hasta llegar al inicio de la gira del disco homónimo, con lo cual se llega a 2004, fecha en la cual terminan las grabaciones del documental.
El documental logra su cometido al servir de vehículo para que el público espectador sea testigo de excepción de las altas y bajas de una banda de rock –ya en el pasado se había visto aunque limpiada en parte en el documental de The Beatles “Let It Be”-, además de que el mismo sirve para demostrar las debilidades y fortalezas de cada integrante. En este particular, puede verse que James con todo y la imagen que da en la banda, se aprecia que es el más sensible y con más asuntos por resolver de los miembros; Kirk se aprecia como el más ecuánime y centrado de los tres, y Lars se nota como el más mandón y que se queja más dentro del grupo. En cuanto a Bob Rock, da la sensación de ser un mero espectador, salvo en lo correspondiente a grabar las partes del bajo en el disco y tener el aspecto más fashion rock de todos los tiempos: parece un gemelo de Jon Bon Jovi –mismo corte de cabello, misma actitud fashion rock, etc.-
Y al final uno puede llegar a comprender por qué grabaron uno de los discos más malos de fecha reciente: “St. Anger”. Si querían volver al sonido crudo del principio, debieron de haber buscado a otro productor, no al artífice de la suavidad llamado Bob Rock. Al menos Trent Reznor llamó al genial Bob Ezrin (maestro de la continuidad en el clásico “The Wall” de Pink Floyd) para que uniera los puntos en el también clásico disco “The Fragile” de Nine Inch Nails. Y eso es el principal problema del “St. Anger”; es más, uno puede grabar un disco sin saber de música y el resultado sería mejor que el que logró Metallica.
En resumen, “Metallica: Some Kind Of Monster” logra su cometido de entretener sin llegar a los niveles de falta de guión de los reality shows, documenta sin volverse panfletario a lo “Fahrenheit 9/11” y mantiene la atención sin aburrir como muchos documentales de tono realista. Muestra las cosas como son sin adornos y sin bajar el nivel, tal como sucede en la vida real, y más aun en el mundo del rock. Una joya de alto valor, no al nivel de “Cliff ´Em All” o de “One Year & A Half In The Life Of Metallica”, pero es entretenido y revelador, y eso es lo que importa en el buen cine. Altamente recomendable. Cuatro estrellas y media de un máximo de Cinco.

