Si El Diablo Viste De Prada, Nosotros Vestimos De Armani
En todos los ambientes que involucran grupos de personas, en particular en aquellos laborales siempre está el jefe implacable e intransigente que hace las peticiones más absurdas, veniales e inclementes que provocan en sus subalternos temor y pánico al tratar de hacerlas cumplir so pena de ser despedidos por incompetencia. Si son hombres son unos ogros; si son mujeres son unas brujas.
“The Devil Wears Prada” se enfoca en lo segundo: las relaciones entre empleados y jefas donde el despotismo está a la orden del día. Basado en el best seller del mismo título firmado por Lauren Weisberger en 2003, el film sigue el ascenso corporativo de Andrea Sachs, periodista recién graduada que entra a trabajar como segunda asistente de la máxima jefa egocéntrica y gurú del estilo: Miranda Priestly, editora principal de la revista de moda Runway; la clase de personalidad que puede hacer o destruir carreras en el mundo de la moda o lo que es lo mismo: brillo por fuera y una olla de grillos por dentro.
Según lo que leímos antes de verla, la guionista Alina Brosh McKenna y el director David Frankel se tomaron la libertad de adaptar y cambiar ciertas características de los personajes, así como algunas acciones. Por ejemplo, el personaje de Miranda Prisetly en el libro es descrito como una monstruo con arranques de ira; en la versión fílmica se decantaron porque el mismo fuese un faro de sofisticación y elegancia que haría parecer a la reina Isabel II como una sirvienta, si bien en el fondo hay algo de emoción contenida. Y además de inspirar terror en el espectador, también genera simpatía y algo de admiración, en especial para todas aquellas que aspiran a llegar a puestos de mando en la vida, con lo cual la película se ubica más del lado de Miranda que el de Andrea.
De acuerdo con la autora y con los realizadores, el personaje de Priestly está inspirado en la editora en jefe de la revista Vogue, Anna Wintour, aunque encontramos más una mezcla en el papel entre ella y la que fue la jefa de Vogue en el pasado anterior a Wintour: Diana Vreeland. Aquí sí hablamos de una bruja de la moda con todas las de la ley; Wintour es más sutil, Vreeland era más directa. Claro, que también ayuda a esta apreciación el trabajo del director David Frankel, quien había dirigido antes episodios de “Sex And The City”, y que en esta ocasión le imprime ese estilo tan característico del programa, sin el componente de guión enfocado en lo directo y sí más hacia lo estético. El texto por momentos puede recordar a la telenovela “Yo Soy Betty La Fea” por aquello de ser una harapienta en el personaje de Andrea Sachs y pasar en pantalla a ser un epítome de elegancia y de fashion victim a la vez, con lo que este elemento que resultaría para algunas audiencias curioso, para los que ya sabemos la historia –y aclaramos que no hemos visto la telenovela- nos resulta ya gastado.
En lo visual se ve lo verdaderamente loable del film como unidad. La fotografía a cargo de Florian Ballhaus capta bien tanto el entorno de Nueva York, como el ambiente interno de la revista Runaway entre escritorios minimalistas, trajes de Chanel, zapatos Jimmy Choo, bolsos de Prada, faldas de Calvin Klein y vestidos de Valentino –nos pusimos frívolos, ¿verdad?-. Esta lista citada antes de ropas y diseñadores que figuran en la película corre por cuenta de otra veterana de “Sex And The City” que ayudó a darle a la serie el componente visual necesario, en especial a Sarah Jessica Parker para convertirla en icono de la moda: la diseñadora y vestuarista Patricia Field. El elemento de edición también le otorga ese aspecto de hojear la revista Vogue a la velocidad de un video clip o de un desfile de moda.
En lo actoral hay más altas que bajas; empecemos por las bajas. Anne Hathaway pasó de un papel de peso en “Brokeback Mountain” a algo más blando, y no es porque el rol sea menor; es porque pareciera que ella misma no se cree lo que está representando. Tampoco ayuda el actor Adrian Grenier quien hace el papel de Nate, novio de Andrea y aspirante a chef, el cual no satisface. Es más, al interactuar los dos no hay esa química que habría en parejas de pantalla, inclusive sus partes en el guión son flojas en grado sumo. ¿Celos porque ella está en alza y él no? ¿Molesto porque ella ya no es la de antes? Espera a que salgas en la portada de la revista Gourmet y luego hablamos.
Pero las altas salvan el barco. Stanley Tucci en su papel de Nigel se luce con creces al ser casi el lugarteniente de Miranda en la revista, y ayudar a que la misma siga siendo una Biblia de estilo. Emily Blunt como la primera asistente de Priestly tiene tanto el porte de modelo de pasarela, sofisticación por los poros –ayuda el que sea británica-, y una actuación que convence al reflejar la envidia y el miedo que las mujeres (y muchos hombres también) sienten en los ambientes laborales. Y claro, Meryl Streep como Miranda Priestly se luce al darle ese charm tan aristocrático y glamoroso que el papel amerita; el que su publicación sea un vigilante permanente del buen gusto. Por supuesto, no es que su rol no merezca una nominación al Oscar™, pero tampoco es que su actuación sea un clásico como en “Kramer Vs. Kramer” o en “Sophie´s Choice”, papeles por los que obtuvo el galardón.
A la larga, “The Devil Wears Prada” se entiende más como una fábula de Cenicienta con giros en zigzag que como un reflejo de los ambientes de trabajo, aunque por momentos parezca que lo logra. Es decir: no es mala, pero tampoco es indispensable de ver, sino como un entretenimiento ligero y competente. Y frívolo, como es el mundo de la moda. Como bien citamos en el título, si el diablo viste de Prada, nosotros vestimos de Armani, o Calvin Klein, o quien sea con tal de no salir desnudos a la calle. Tres Estrellas Y Media de un máximo de Cinco.
“The Devil Wears Prada” se enfoca en lo segundo: las relaciones entre empleados y jefas donde el despotismo está a la orden del día. Basado en el best seller del mismo título firmado por Lauren Weisberger en 2003, el film sigue el ascenso corporativo de Andrea Sachs, periodista recién graduada que entra a trabajar como segunda asistente de la máxima jefa egocéntrica y gurú del estilo: Miranda Priestly, editora principal de la revista de moda Runway; la clase de personalidad que puede hacer o destruir carreras en el mundo de la moda o lo que es lo mismo: brillo por fuera y una olla de grillos por dentro.
Según lo que leímos antes de verla, la guionista Alina Brosh McKenna y el director David Frankel se tomaron la libertad de adaptar y cambiar ciertas características de los personajes, así como algunas acciones. Por ejemplo, el personaje de Miranda Prisetly en el libro es descrito como una monstruo con arranques de ira; en la versión fílmica se decantaron porque el mismo fuese un faro de sofisticación y elegancia que haría parecer a la reina Isabel II como una sirvienta, si bien en el fondo hay algo de emoción contenida. Y además de inspirar terror en el espectador, también genera simpatía y algo de admiración, en especial para todas aquellas que aspiran a llegar a puestos de mando en la vida, con lo cual la película se ubica más del lado de Miranda que el de Andrea.
De acuerdo con la autora y con los realizadores, el personaje de Priestly está inspirado en la editora en jefe de la revista Vogue, Anna Wintour, aunque encontramos más una mezcla en el papel entre ella y la que fue la jefa de Vogue en el pasado anterior a Wintour: Diana Vreeland. Aquí sí hablamos de una bruja de la moda con todas las de la ley; Wintour es más sutil, Vreeland era más directa. Claro, que también ayuda a esta apreciación el trabajo del director David Frankel, quien había dirigido antes episodios de “Sex And The City”, y que en esta ocasión le imprime ese estilo tan característico del programa, sin el componente de guión enfocado en lo directo y sí más hacia lo estético. El texto por momentos puede recordar a la telenovela “Yo Soy Betty La Fea” por aquello de ser una harapienta en el personaje de Andrea Sachs y pasar en pantalla a ser un epítome de elegancia y de fashion victim a la vez, con lo que este elemento que resultaría para algunas audiencias curioso, para los que ya sabemos la historia –y aclaramos que no hemos visto la telenovela- nos resulta ya gastado.
En lo visual se ve lo verdaderamente loable del film como unidad. La fotografía a cargo de Florian Ballhaus capta bien tanto el entorno de Nueva York, como el ambiente interno de la revista Runaway entre escritorios minimalistas, trajes de Chanel, zapatos Jimmy Choo, bolsos de Prada, faldas de Calvin Klein y vestidos de Valentino –nos pusimos frívolos, ¿verdad?-. Esta lista citada antes de ropas y diseñadores que figuran en la película corre por cuenta de otra veterana de “Sex And The City” que ayudó a darle a la serie el componente visual necesario, en especial a Sarah Jessica Parker para convertirla en icono de la moda: la diseñadora y vestuarista Patricia Field. El elemento de edición también le otorga ese aspecto de hojear la revista Vogue a la velocidad de un video clip o de un desfile de moda.
En lo actoral hay más altas que bajas; empecemos por las bajas. Anne Hathaway pasó de un papel de peso en “Brokeback Mountain” a algo más blando, y no es porque el rol sea menor; es porque pareciera que ella misma no se cree lo que está representando. Tampoco ayuda el actor Adrian Grenier quien hace el papel de Nate, novio de Andrea y aspirante a chef, el cual no satisface. Es más, al interactuar los dos no hay esa química que habría en parejas de pantalla, inclusive sus partes en el guión son flojas en grado sumo. ¿Celos porque ella está en alza y él no? ¿Molesto porque ella ya no es la de antes? Espera a que salgas en la portada de la revista Gourmet y luego hablamos.
Pero las altas salvan el barco. Stanley Tucci en su papel de Nigel se luce con creces al ser casi el lugarteniente de Miranda en la revista, y ayudar a que la misma siga siendo una Biblia de estilo. Emily Blunt como la primera asistente de Priestly tiene tanto el porte de modelo de pasarela, sofisticación por los poros –ayuda el que sea británica-, y una actuación que convence al reflejar la envidia y el miedo que las mujeres (y muchos hombres también) sienten en los ambientes laborales. Y claro, Meryl Streep como Miranda Priestly se luce al darle ese charm tan aristocrático y glamoroso que el papel amerita; el que su publicación sea un vigilante permanente del buen gusto. Por supuesto, no es que su rol no merezca una nominación al Oscar™, pero tampoco es que su actuación sea un clásico como en “Kramer Vs. Kramer” o en “Sophie´s Choice”, papeles por los que obtuvo el galardón.
A la larga, “The Devil Wears Prada” se entiende más como una fábula de Cenicienta con giros en zigzag que como un reflejo de los ambientes de trabajo, aunque por momentos parezca que lo logra. Es decir: no es mala, pero tampoco es indispensable de ver, sino como un entretenimiento ligero y competente. Y frívolo, como es el mundo de la moda. Como bien citamos en el título, si el diablo viste de Prada, nosotros vestimos de Armani, o Calvin Klein, o quien sea con tal de no salir desnudos a la calle. Tres Estrellas Y Media de un máximo de Cinco.
Fox 2000 Pictures presentan. Una producción de Wendy Finerman. Un film de David Frankel. “The Devil Wears Prada.” Dirigida por David Frankel. Escrita por Aline Brosh McKenna. Basado en la novela escrita por Lauren Weisberger. Dirección de fotografía por Florian Ballhaus. Supervisión musical por Julia Michels. Música por Theodore Shapiro. Editada por Mark Livolsi, A.C.E. Diseño de vestuario por Patricia Field. Diseño de producción por Jess Gonchor. Producción ejecutiva por Karen Rosenfelt y Joe Caracciolo Jr. Producida por Wendy Finerman. Protagonistas: Meryl Streep (Miranda Priestly), Anne Hathaway (Andy Sachs), Stanley Tucci (Nigel), Emily Blunt (Emily), Simon Baker (Christian Thompson) y Adrian Grenier (Nate). Se incluyen cameos de las modelos Giselle Bundchen, Nikki Taylor y del diseñador Valentino, entre muchos. 2006. Duración: 106 minutos.
Etiquetas: Peliculas



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