Ni Taki Ti Taki, Ni Pon Quiti Pon
El siguiente artículo fue publicado hace 11 años en el diario El Nacional en su edición dominical en el segmento dedicado a Opinión. Este trabajo formó parte de lo que en ese entonces se conocía como Controversia, el cual consistía en un tema que era defendido por una persona y rechazado por otra. En esa ocasión, el tema era la gaita; música de factura eminentemente decembrina, que era defendida por el fallecido Juan Liscano (artífice de la defensa de lo nacional y acérrimo enemigo de la música rock) y en la acera del frente se encontraba el periodista y artista conceptual Enrique Enríquez (quien veía una situación previa a la ley mordaza donde la producción nacional no tenía espacio en los medios, a diferencia de ahora donde se le “mete” (sic) lo nacional a juro, sea malo o no).
Antes de entrar en el artículo correspondiente, es menester establecer dos consideraciones. La primera es que en nuestra visión la música navideña es aguinaldos, villancicos, voces que hablan sobre la paz y el nacimiento de Cristo, las “Noche De Paz”, “Jingle Bells”, “Aguinaldo Venezolano”, “Alegres Cantemos” y muchas más. Y la segunda tiene que ver con que en cuanto a gaitas, las únicas y absolutas que reconocemos como tales son las que hizo Ricardo Aguirre, conocido como El Monumental de la Gaita; las demás son pastiches y perversiones que pueden ser cualquier cosa, pero nunca gaitas. Y de paso, suenan mal y son de lo peor.
Por este medio queremos reconocer y dar las gracias a Enrique Enríquez por haber llevado a un medio público hace más de 10 años un sentimiento que hemos compartido de toda la vida. A continuación, el artículo “Ni Taki Ti Taki, Ni Pon Quiti Pon”:
“Confieso que no me gustan las gaitas. No hallo placer en su perolera acompasada, en su escándalo sospechosamente alegre. Odio ese sonido a lavadora vieja, detesto la imagen de catorce gorditos mal vestidos y sudados repitiendo frases poco inteligentes sobre “bollos” y mujeres buenas o, peor aún, esa denuncia cómoda de algunas letras, que a fuerza de bajo y tambora, trivializan cualquier padecimiento, convirtiéndolo en hilo musical.
Puedo decir en todo caso, y alegando una suerte de “demencia temporal”, que mi odio por las gaitas quizás resida en que esta manifestación musical se me presenta siempre cruzada por el signo de lo navideño; y que hasta donde entiendo, hay sólo dos momentos en la vida de un hombre en los que se disfruta de la Navidad: cuando se es niño y se tiene la ilusión de los regalos, el nacimiento, las lucecitas y el arbolito; y cuando se es padre y se disfruta la ilusión del hijo por esas mismas cosas. Tal vez, en vista de que yo ya dejé la niñez y aún no tengo hijos, me encuentre en ese momento donde la Navidad significa apenas un descanso en el trabajo y, por añadidura, la gaita no sea más que un tropiezo radial y televisivo en mi necesidad de encontrar algún tipo de paz que no esté relacionada con gorritos rojos o propagandas de Lavanda Atkinsons.
Pero hasta aquí el psicoanálisis. De resto, tengo un par de cositas que decir respecto a la gaita y a esta manía casi militante de andar encasquetándole el estigma de antinacionalista a todo el que no se preste a la idea de subjetivizar el valor de esta expresión, poniendo su proveniencia por encima de su calidad.
Tal vez la desgracia de la gaita resida en esa eterna condición venezolana de pretender ver nuestras cosas con los ojos del cariño; sentimentalizar la cultura y volverla un evento familiar, apelando siempre a argumentos emotivos que sólo generan una especie de autosubsidio intelectual, minusvalizante e infecundo.
En lo personal, no tolero la idea de establecer ningún tipo de relación de proximidad con una manifestación cultural, sólo por el hecho de que sea desarrollada en el país. De hecho, la gaita es apenas una excusa más para expresar mi profunda repulsión a la idea imbecilizante de que defendiendo cualquier adefesio folklórico se produzca en estas tierras, estamos contribuyendo a exaltar algún tipo de nacionalismo. Antes que eso, me permito incluso establecer la posibilidad de que en tanto gaitero y en tanto maraquero almidonado, esté la causa de que el espacio que ocupa nuestra música en el gusto del público sea cada vez menor.
A la idea bochornosa de un rock nacional, con sus manganzones consentidos de mamá echándoselas de intensos, sólo puedo adjudicarle un culpable: el músico criollo. Ese músico que supuestamente cree “cultivar” una tradición musical porque repite hasta el cansancio formulitas empolvadas y caducas, jurando que porque toca furruco está haciendo algo honorable; cuando en realidad lo único que logra es fortalecer la idea de que lo autóctono es una cosa que a cuenta de ser preservable, es intocable; y estableciendo el campo de investigación musical de los jóvenes en productos foráneos menos dogmatizados, impuestos a fuerza de más racionalismo y menos sentimiento.
La gaita, sacada de su contexto regionalista y meloso, no está en capacidad de situarse como una oferta atractiva, ni para el oyente, ni para el músico en ciernes. Cada vez que un gaitero entona “Un Ojo Dimos”, debe haber un joven músico que encuentra una excusa para montar un grupito de “rock-grunge-hip-hop-trans-guachi-guachi”, de arroparse en las seducciones de productos culturales mejor formulados, para caer de inmediato en la intrascendencia. Definitivamente, creo que nuestros supuestos cultores del folklore son quienes más daño le hacen a la idea de poder generar cultura, inteligente y verdadera, desde lo venezolano.”
Antes de entrar en el artículo correspondiente, es menester establecer dos consideraciones. La primera es que en nuestra visión la música navideña es aguinaldos, villancicos, voces que hablan sobre la paz y el nacimiento de Cristo, las “Noche De Paz”, “Jingle Bells”, “Aguinaldo Venezolano”, “Alegres Cantemos” y muchas más. Y la segunda tiene que ver con que en cuanto a gaitas, las únicas y absolutas que reconocemos como tales son las que hizo Ricardo Aguirre, conocido como El Monumental de la Gaita; las demás son pastiches y perversiones que pueden ser cualquier cosa, pero nunca gaitas. Y de paso, suenan mal y son de lo peor.
Por este medio queremos reconocer y dar las gracias a Enrique Enríquez por haber llevado a un medio público hace más de 10 años un sentimiento que hemos compartido de toda la vida. A continuación, el artículo “Ni Taki Ti Taki, Ni Pon Quiti Pon”:
“Confieso que no me gustan las gaitas. No hallo placer en su perolera acompasada, en su escándalo sospechosamente alegre. Odio ese sonido a lavadora vieja, detesto la imagen de catorce gorditos mal vestidos y sudados repitiendo frases poco inteligentes sobre “bollos” y mujeres buenas o, peor aún, esa denuncia cómoda de algunas letras, que a fuerza de bajo y tambora, trivializan cualquier padecimiento, convirtiéndolo en hilo musical.
Puedo decir en todo caso, y alegando una suerte de “demencia temporal”, que mi odio por las gaitas quizás resida en que esta manifestación musical se me presenta siempre cruzada por el signo de lo navideño; y que hasta donde entiendo, hay sólo dos momentos en la vida de un hombre en los que se disfruta de la Navidad: cuando se es niño y se tiene la ilusión de los regalos, el nacimiento, las lucecitas y el arbolito; y cuando se es padre y se disfruta la ilusión del hijo por esas mismas cosas. Tal vez, en vista de que yo ya dejé la niñez y aún no tengo hijos, me encuentre en ese momento donde la Navidad significa apenas un descanso en el trabajo y, por añadidura, la gaita no sea más que un tropiezo radial y televisivo en mi necesidad de encontrar algún tipo de paz que no esté relacionada con gorritos rojos o propagandas de Lavanda Atkinsons.
Pero hasta aquí el psicoanálisis. De resto, tengo un par de cositas que decir respecto a la gaita y a esta manía casi militante de andar encasquetándole el estigma de antinacionalista a todo el que no se preste a la idea de subjetivizar el valor de esta expresión, poniendo su proveniencia por encima de su calidad.
Tal vez la desgracia de la gaita resida en esa eterna condición venezolana de pretender ver nuestras cosas con los ojos del cariño; sentimentalizar la cultura y volverla un evento familiar, apelando siempre a argumentos emotivos que sólo generan una especie de autosubsidio intelectual, minusvalizante e infecundo.
En lo personal, no tolero la idea de establecer ningún tipo de relación de proximidad con una manifestación cultural, sólo por el hecho de que sea desarrollada en el país. De hecho, la gaita es apenas una excusa más para expresar mi profunda repulsión a la idea imbecilizante de que defendiendo cualquier adefesio folklórico se produzca en estas tierras, estamos contribuyendo a exaltar algún tipo de nacionalismo. Antes que eso, me permito incluso establecer la posibilidad de que en tanto gaitero y en tanto maraquero almidonado, esté la causa de que el espacio que ocupa nuestra música en el gusto del público sea cada vez menor.
A la idea bochornosa de un rock nacional, con sus manganzones consentidos de mamá echándoselas de intensos, sólo puedo adjudicarle un culpable: el músico criollo. Ese músico que supuestamente cree “cultivar” una tradición musical porque repite hasta el cansancio formulitas empolvadas y caducas, jurando que porque toca furruco está haciendo algo honorable; cuando en realidad lo único que logra es fortalecer la idea de que lo autóctono es una cosa que a cuenta de ser preservable, es intocable; y estableciendo el campo de investigación musical de los jóvenes en productos foráneos menos dogmatizados, impuestos a fuerza de más racionalismo y menos sentimiento.
La gaita, sacada de su contexto regionalista y meloso, no está en capacidad de situarse como una oferta atractiva, ni para el oyente, ni para el músico en ciernes. Cada vez que un gaitero entona “Un Ojo Dimos”, debe haber un joven músico que encuentra una excusa para montar un grupito de “rock-grunge-hip-hop-trans-guachi-guachi”, de arroparse en las seducciones de productos culturales mejor formulados, para caer de inmediato en la intrascendencia. Definitivamente, creo que nuestros supuestos cultores del folklore son quienes más daño le hacen a la idea de poder generar cultura, inteligente y verdadera, desde lo venezolano.”
Etiquetas: Crítica


0 Comments:
Publicar un comentario