Ingmar y Woody

Como ya es sabido, a finales del pasado mes de Julio sucedió la muerte del genial Ingmar Bergman, uno de los maestros responsables de elevar el cine a la categoría de arte. Debido al legado que dejó y a su importancia no sabíamos la forma adecuada de rendirle tributo hasta que leímos en The New York Times del 12 de agosto un artículo firmado por otro genial artista quien ha recibido la influencia directa del arte de Bergman y además de ser amigo de él: Woody Allen. Por el carácter de homenaje, tributo y reverencia a la figura del gran genio sueco (y además por haber hecho el diario El Nacional una traducción tan pobre y corta en su edición del domingo 26 de agosto pasado) traducimos en su totalidad el artículo aparecido como una forma de nosotros rendirle homenaje al artista y como verán, el propio Woody introducía adecuadamente desde el principio estableciendo esta frase:
El Hombre Que Hizo Las Preguntas Difíciles por Woody Allen
Recibí las noticias en Oviedo, una adorable ciudad pequeña en el norte de España donde estoy rodando una película, de que Bergman había muerto. Un mensaje de teléfono de un amigo mutuo me llegó al set de filmación. Bergman me dijo una vez que no quería morir en un día soleado, y no habiendo estado allí, sólo puedo esperar que él haya tenido el clima plano que todos los directores aspiramos.
Lo he dicho antes a personas que tiene una visión romantizada del artista y del proceso creador como algo sagrado: Al final, el arte no te salva. No importa que trabajos sublimes puedas fabricar (y Bergman nos dio un menú fantástico de obras maestras) no te salvan del golpe a la puerta del destino que interrumpe al caballero y a sus amigos al final de “El Séptimo Sello.” Y así, en un día soleado de Julio, Bergman, el gran poeta cinematográfico de la moral, no podía prolongar su propio e inevitable jaque mate, y el cineasta más importante de mi vida se había ido.
He bromeado sobre que el arte es el Catolicismo intelectual; esto es, una deseable creencia en el más allá. Mejor que vivir en los corazones y en las mentes del público es vivir en el apartamento de alguien, así es como lo veo. Y ciertamente las películas de Bergman vivirán por siempre y serán vistas en museos y en TV y sus DVD serán vendidos, pero conociéndolo, esto fue una magra compensación, y estoy seguro de que él se habría alegrado sólo con ceder sus filmes por un año más de vida. Esto le habría dado a él fácilmente 60 cumpleaños más para hacer películas; una importante salida creativa. Y no tengo duda alguna en mi mente de cómo habría usado él este tiempo extra, haciendo lo que más amaba por sobre todo, hacer películas.
Bergman disfrutaba el proceso. Y poco le importaba sobre las respuestas a sus filmes. Le complacía cuando era apreciado, pero como me dijo una vez, “Si no les gusta una película que hice, me molesta –por 30 segundos.” Él no estaba interesado en los resultados de taquilla, aun cuando los productores y distribuidores lo llamaban con las cifras de los fines de semana de estreno, las cuales le entraban por un oído y le salían por el otro. Él decía, “A mitad de semana sus amplios pronósticos optimistas llegaban a nada.”
Él disfrutaba la aclamación crítica pero no la necesitaba por un segundo, y si bien quería que las audiencias disfrutaran sus trabajos, no siempre hacía sus películas fáciles para ellos.
Aun así, aquellos que hacían un trabajo por entender veían bien pagado el esfuerzo. Por ejemplo, cuando uno se da cuenta de que ambas mujeres en “El Silencio” son en verdad dos aspectos contrastantes de una mujer, el alguna vez enigmático film se abre fantásticamente. O si se está en una onda de filosofía danesa antes de ver “El Séptimo Sello” o “El Mago”, ciertamente ayuda pero eran tan maravillosos sus dones como narrador que podía mantener a la audiencia extasiada y movida con un material difícil. He escuchado personas saliendo de ver ciertas de sus películas diciendo: “No entendí exactamente lo que acabo de ver, pero estaba pegado al borde de mi asiento en cada escena.”

El fuerte de Bergman era la teatralidad, y a su vez fue un gran director escénico, pero su trabajo en cine no era influido meramente por el teatro, sino por la pintura, música, literatura y filosofía. Su trabajo expuso las preocupaciones más fuertes de la humanidad, a menudo recreando esos poemas profundos cinematográficos. La mortalidad, el amor, el arte, el silencio de Dios, la dificultad de las relaciones humanas, la agonía de la duda religiosa, matrimonios fallidos, la incapacidad de las personas para comunicarse con otras.
Y aun así el hombre era un personaje fantástico, cálido y bromista, inseguro sobre sus inmensos dones, perseguido por las damas. Conocerlo no era entrar de repente en el templo creativo de un genio intimidante, formidable, oscuro y destacado que enfocaba complejos enigmas con un acento sueco sobre el destino fatal del hombre en un universo vacío. Era más como esto: “Woody, tengo este sueño tonto en donde llego al set donde voy a hacer una película y no puedo ver dónde colocar la cámara; el punto es, sé que soy bueno en esto y que lo he estado haciendo por años. ¿Alguna vez has tenido estos sueños?” o “¿Tú crees que será interesante hacer una película en donde la cámara no se mueva ni una pulgada y que los actores sólo entren y salgan del cuadro? ¿O se reirían de mi?"
¿Qué le puede decir uno por teléfono a un genio? No creía que esto fuese una gran idea, pero creo que en sus manos hubiese sido algo especial. Después de todo, el vocabulario que inventó para exponer las profundidades psicológicas de los actores también hubiesen podido sonar presuntuosas para aquellos que aprenden cinematografía de manera ortodoxa. En la escuela de cine (me salí de la escuela de cine de la Universidad de Nueva York cuando estudiaba la carrera en los 1950) el énfasis era siempre en el movimiento. Hay películas que se mueven, se le enseñaba a los estudiantes, y la cámara debía de moverse. Pero Bergman colocaba la cámara en el rostro de Liv Ullmann o en el de Bibi Andersson y la dejaba allí estática sin moverse y al paso del tiempo algo maravilloso sucedería en concordancia con su maestría. Uno podía sumergirse en el personaje y no aburrirse sino asombrarse.
Bergman, más allá de sus mañas y de sus obsesiones filosóficas y religiosas, era un emisor de ideas quien no podía evitar ser entretenido aun cuando en su mente dramatizaba las ideas de Nietzsche o Kierkegaard. Yo estaba acostumbrado a tener largas conversaciones con él. Él las arreglaba desde la isla donde vivía. Nunca acepté sus invitaciones para visitarlo debido a que me molestaba el volar en avión, y no me seducía el viajar en una avioneta hasta un punto perdido cerca de Rusia para lo que me imaginaba era una cena con yogurt. Siempre hablábamos sobre películas, y por supuesto lo dejaba conversar más a él porque me sentía privilegiado escuchando sus ideas y pensamientos. Él proyectaba películas para sí mismo todos los días y nunca se cansaba de verlas. De todo tipo, mudas y habladas. Antes de dormir veía una película que no lo hiciera pensar mucho y le bajara la ansiedad, a menudo era alguna de James Bond.
Como todos los grandes maestros del cine tales como Fellini, Antonioni o Buñuel, por citar unos cuantos, Bergman tenía sus críticos. Pero perdonándoles los lapsos ocasionales, todas las películas de estos artistas han resonado profundamente en las mentes de millones alrededor del mundo. De hecho, las gentes que conocen más de cine, los que lo hacen –directores, escritores, actores, directores de fotografía, editores– tienen el trabajo de Bergman en la más alta de las loas.
Debido a que he alabado sus logros con entusiasmo a través de los años, cuando falleció muchos periódicos y revistas me llamaron para comentarios o entrevistas. Como si yo tuviese algo de gran valor que agregar a las malas nuevas más allá de exaltar de nuevo su grandeza. Ellos preguntaban, ¿cómo lo ha influenciado? Él no podría haberme influenciado, dije, él era un genio y yo no soy un genio y los genios no pueden ser enseñados o su magia ser pasada.
Cuando Bergman surgió de las salas de arte y ensayo de Nueva York como un gran cineasta, yo era un joven escritor de comedias y un cómico de night clubs. ¿Puede el trabajo de alguien ser influenciado por Groucho Marx e Ingmar Bergman? Pero pude a la larga absorber una cosa de él, algo que no depende del genio o del talento, sino algo que puede ser enseñado y desarrollado. Hablo de algo que a menudo se conoce simplemente como ética laboral, pero que es en realidad disciplina.
Yo aprendí de su ejemplo el tratar de sacar el mejor trabajo que pudiese en algún momento determinado, nunca rindiéndome al tonto mundo de éxitos y fracasos o sucumbiendo al extraño rol de director de cine, sino haciendo una película y luego pasando a la siguiente. Bergman hizo alrededor de 60 películas en su vida, yo he hecho 38. Al menos si no puedo llegar a su calidad quizás pueda llegar a su cantidad.

Bergman´s the only genius in cinema today, I think.
Woody Allen. “Manhattan” 1979.


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