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domingo, febrero 24, 2008

“You’re gonna need a bigger boat”*

Si hiciera una apuesta con Uds. para ver si son capaces de adivinar quién fue mi primer súper héroe de la infancia, no acertarían ni en un millón de años.

Creo que ni mis mejores amigos tendrían chance. Mi primer héroe no fue Superman, ni Batman, ni Ultraman, ni siquiera El Zorro, que es un clásico de nuestra latinidad.

No, brothers, mi primer súper héroe se llamó el Jefe Brody. ¿No saben quién es el jefe Brody? Déjenme ponerlos en contexto. Resulta que mi viejo –no sé si en un acto de supremo intelecto y cultura, o más bien en un descuido genial–, cuando decidió llevar a su primogénito por primera vez al cine, no hizo como los padres normales, que llevan a sus hijos a ver un clásico de Disney, sino que me llevó a ver nada menos que Tiburón.

Es innecesario decir que el pobre niño que yo era en aquella época –creo que ni siquiera llegaba a los cinco años– no durmió por lo menos en dos meses, con la mente llena de imágenes inverosímiles de tiburones capaces de cavar cual topos los 400 kilómetros que separaban a su ciudad llanera de la playa más cercana, con la única intención de ir a buscarlo a él. Pero en medio de semejantes alucinaciones, y de las dudas acerca de si mi papá tenía algún odio oculto hacia mí por haberme sometido a semejante tortura, había una imagen que siempre me devolvía el ánimo: un policía de pueblo, flacuchento y con mala vista, que en el último momento, cuando ya todo estaba casi perdido, decidió jugar su última carta y enfrentarse cara a cara contra su peor pesadilla, el propio demonio salido de las profundidades.

“¡Sonríe, hijo de puta!”, en un susurro intenso, es una frase que todavía hoy me para los pelos. Para los que han vivido los últimos 40 años escondidos debajo de las piedras, esa frase fue pronunciada por el jefe Martin Brody, colgado de los últimos centímetros del mástil de un barco que se hundía rápidamente, mientras observaba a través de la mira de su escopeta al inefable escualo, tratando de atinarle al tanque de oxígeno que apenas un rato antes había logrado arrojarle en la boca para evitar que se lo merendara a él. Por supuesto, gracias al genio de Spielberg, el suspenso es explotado al máximo, hasta el último momento, cuando por fin el jefe Brody logra su revancha y convierte al tiburón en merienda de las gaviotas. Sushi instantáneo, pues.

Esa imagen me ha acompañado toda mi vida. Esa idea de un hombre común y corriente enfrentado a una adversidad inimaginable, que es capaz de sobreponerse a ella y seguir luchando, a mi mente de niño le resultó absoluta e inevitablemente fascinante, y aún hoy en día me acompaña y me conmueve. Y se convirtió para siempre en el modelo a comparar con todos los héroes reales o ficticios que he encontrado en mi vida. Después vinieron los Super, Ultras, Spider otros “manes”, y por supuesto que me encantaron, pero siempre en un rinconcito de mi mente quedó un cierto cinismo que constantemente me repite, “Ser un héroe si se tienen poderes, sobrenaturales o humanos –dinero, poder, fuerza física, inteligencia u otros–, es relativamente fácil. Difícil es ser un ser humano común y corriente, como somos la mayoría, y tener que hacerle frente a una gran tragedia o problema”.

Pero, ¿a qué viene todo esto? Pues resulta que hace unos días, leí de pasada en Internet un titular que decía “Roy Scheider fallece a los 75 años de edad” y así, sin que me lo esperara ni tuviera la más mínima posibilidad de evitarlo, me embargo una tristeza instantánea y profunda. Mi relación con la muerte no es especialmente conflictiva, pues en mi opinión, además de un hecho inevitable, es un paso más en la evolución del ser hacia algo superior, que por supuesto le produce dolor a los seres queridos de quien fallece, pero no es para nada el fin del mundo. Por ello me sorprendió mi propia reacción ante la esta noticia.

Scheider fue el actor que dio vida magistralmente al jefe Brody. Los treintañeros lo recordarán también como el protagonista de aquella maravilla ochentosa llamada Relámpago Azul, y los cinéfilos más bien por su participación en otras películas como The French Connection, All that Jazz, 2010: El año en que hicimos contacto, Naked Lunch y más recientemente The Punisher. Cuando me enteré de su fallecimiento y sentí esa inusitada tristeza, me di cuenta de que de alguna manera fue como haber perdido a un amigo muy cercano, a un mentor, a una figura cuasi-paternal. La verdad es que nunca seguí con especial interés el resto de su carrera cinematográfica, pero siempre fue –y siempre será– uno de los actores más importantes del cine para mí, gracias al jefe Brody.

Por ello quise escribir algo en conmemoración de su vida y de su carrera, pero no quise hacer la semblanza clásica, de la que seguro ya han aparecido unas cuantas en la ciber-esfera, sino más bien dejar testimonio escrito de lo que Scheider, a través de Martin Brody, representó y aún hoy representa en mi vida. ¿Y qué mejor oportunidad que mi primer post en Spiff-o-Rama para ello? La ocasión perfecta de compartir este pequeño homenaje con el tipo de personas que de seguro lo entenderá.

Roy, you don’t need a bigger boat now, just sail away…

[*] “Vas a necesitar un bote más grande”, frase del jefe Brody a Quint al ver por primera vez al tiburón, de la cual se dice que fue improvisada in situ por Scheider.

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