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miércoles, febrero 10, 2010

I am the master of my fate: I am the captain of my soul.

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Una autopista. Un elemento que une. Un elemento que puede separar a dos grupos de personas dentro de un mismo país. A esta conclusión podría llegar cualquiera que viese desde la distancia la comitiva que el 11 de febrero de 1990 atravesaba Pretoria, Sudáfrica llevando al prisionero de conciencia más célebre de la historia: Nelson Rolihlahla Mandela, luego de un confinamiento injusto de 27 años y durante el cual no se doblegó ante sus carceleros, ni cedió a sus principios y convicciones. Al igual que 3 meses antes el mundo presenció la caída del Muro de Berlín en un sentimiento de júbilo unánime, del mismo modo ver en las pantallas de televisión al habitante 46664 de la Prisión de Robben Island siendo libre generó alegría y esperanza. E irónicamente para el momento el país enfrentaba el miedo, el temor ante lo desconocido; la separación por años de rencores y venganza seguía latente y sin visos de culminar algún día.

Para quienes consideran que el deporte no debe ir de la mano de la política, es menester recordar que desde el origen de los tiempos estos van hombro con hombro, empezando por los griegos, los romanos, la Alemania nazi, la Guerra Fría, cada período histórico y cada país ha usado el deporte para exaltar su superioridad ante los demás y ante otros países, otras ideologías. Pero también el deporte ha servido para unir un pueblo por encima de sus diferencias, de sus prejuicios y en pro del bienestar y la armonía. Este fue el razonamiento de Mandela, y la base del film “Invictus”, lo más reciente de Clint Eastwood como director.

Basada en el libro “Playing The Enemy: Nelson Mandela And The Game That Changed A Nation”, la película ubica al ahora presidente de Sudáfrica y Premio Nóbel de la Paz en medio de una situación delicada tras años de apartheid y cuyas heridas en ambos espectros de la población no terminan de sanar. Es en este contexto que encontramos al equipo nacional de rugby, los Springbocks; eternos derrotados en competencias mundiales y símbolo de los años de discriminación racial y de opresión por la alusión a sus colores auriverde y su vinculación con el gusto de este deporte entre la minoría blanca. Ante el clima general de acabar con el viejo orden e instaurar uno nuevo, Mandela decide que no todo merece ser puesto de lado en nombre de pasar facturas sino tener la suficiente entereza de espíritu para salir adelante todos juntos como una gran nación. Al darse cuenta de que el deporte es el elemento por excelencia para unificar a los pueblos contacta al capitán de los Springbocks, François Pienaar, a fin de apoyarlos en la siguiente Copa Mundial de Rugby a celebrarse en Sudáfrica en 1995 y lograr el milagro de superar los odios de años y los prejuicios, bajo la bandera deportiva y, por extensión, convertir a 43 millones de habitantes en uno solo país.

No es la primera vez que la venganza en cualquiera de sus formas aparece como motivo principal en la filmografía de Clint Eastwood. Prácticamente desde los spaghetti western de la mano de Sergio Leone y “Dirty Harry”, pasando por todos los filmes de la década de los 70 con Sondra Locke como coestelar (incluso en uno de estos compartía el protagónico con un orangután), hasta su trabajo más reciente y consistente como director en producciones como “Unforgiven”, “Mystic River”, “Flags Of Our Fathers”, “Letters From Iwo Jima”, “Gran Torino” y “Changeling”; en mayor o menor escala el elemento venganza contra algo o contra alguien está siempre presente. Más lo que distingue a este cuerpo de trabajo de lo realizado en “Invictus” radica en el factor de canalizar el sentimiento malsano que puede llevar a la fatalidad y transformarlo en otro donde la armonía sea preponderante por encima de las diferencias. Aquí es que se demuestra la estatura de director y como un peso pesado de Clint Eastwood al llevar este film como una secuencia de hechos bien concatenada enfatizando los puntos emocionales de cada uno de los personajes, en especial con alguien de la dimensión de Nelson Mandela, sin desmayar a lo largo de la película.

Aparte de lo magna de la dirección de Eastwood, está también el factor del guión adaptado de Anthony Peckham a partir del libro de John Carlin, y mediante el cual colabora en el curso de la labor antes mencionada, al llevar las acciones hacia el evento que se citó de forma natural sin llegar a lo predecible, algo complicado considerando que las películas sobre deportes de grupo pocas veces generan algún tipo de emoción o que, de producirla, casi siempre raya en lo maniqueo. He aquí que el texto compagina la realidad de Sudáfrica con la personal de Mandela sin llegar al plano del chisme.

De esto, la fotografía sirve de lienzo para mostrar tanto el grado de emoción de los personajes como la grandiosidad del país, pocas veces mostrada en el cine. Así mismo, la edición se decanta entre la ralentización para los momentos claves –en especial durante los partidos de rugby– y los cortes naturales para efectos de transición de las acciones. Y lo musical va desde canciones tradicionales de la región hasta piezas incidentales compuestas por Michael Stevens y por Kyle, hijo de Clint.

Ya forma parte de la leyenda tras este film que el propio Mandela pidió que fuese Morgan Freeman quien lo representara en pantalla. Y acaso la elección no podría ser más acertada, porque al ver cómo asumió el personaje por encima de su naturaleza épica, se llega a la convicción de que Freeman ha realizado una actuación monstruo, no tanto por un factor de similitud física, sino por la profundidad que le imprime al gran Nelson en su esfuerzo por unificar a una nación. Matt Damon se transforma fisonómicamente para el rol de François Pienaar, pero también al recrear alguien ajeno al devenir político que por azar se ve en medio de un gran evento que lo convertirá a su equipo y a él en héroes. Ambos son los que llevan la mayor parte del film. El resto del elenco sirve como representantes de todos los gentilicios sudafricanos, inmersos en sus inseguridades, temores y deseos, pero también en una búsqueda de la armonía y la esperanza.

Invictus” se entiende al final como un film necesario. Necesario para fomentar la reconciliación y el perdón. Necesario para superar el clima de polarización que afecta a todos en el mundo. Necesario en la creencia de que la convivencia pacífica es factible. Y necesario dentro de la filmografía de Clint Eastwood al ser un punto especial dentro de una carrera como pocas. Como coda, incluimos el poema de William Ernest Henley que da nombre al film y que ha inspirado a Nelson Mandela a lo largo de su vida.

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“Out of the night that covers me,
Black as the pit from pole to pole,
I thank whatever gods may be
For my unconquerable soul.
In the fell clutch of circumstance
I have not winced nor cried aloud.
Under the bludgeonings of chance
My head is bloody, but unbowed.
Beyond this place of wrath and tears
Looms but the Horror of the shade,
And yet the menace of the years
Finds and shall find me unafraid.
It matters not how strait the gate,
How charged with punishments the scroll,
I am the master of my fate:
I am the captain of my soul.”


★★★★★ de un máximo de ★★★★★.

*Otra reseña la pueden encontrar en Rural Tex™

Warner Bros. Pictures presenta en asociación con Spyglass Entertainment. Una producción Revelations Entertainment/Mace Neufeld. Una producción Malpaso. Un film de Clint Eastwood. “Invictus.” Dirigida por Clint Eastwood. Escrita por Anthony Peckham. Basada en la novela “Playing The Enemy: Nelson Mandela And The Game That Changed A Nation” de John Carlin. Dirección de fotografía por Tom Stern, A.S.C, A.F.C. Música por Kyle Eastwood y Michael Stevens. Editada por Joel Cox, A.C.E. y Gary D. Roach. Diseño de vestuario por Deborah Hopper. Diseño de producción por James J. Murakami. Producción ejecutiva por Morgan Freeman y Tim Moore. Producida por Lori McCreary, Robert Lorenz y Mace Neufeld. Protagonistas: Morgan Freeman (Nelson Mandela), Matt Damon (François Pienaar), Adjoa Andoh (Brenda Mazibuko), Tony Kgoroge (Jason Tshabalala), Julian Lewis Jones (Etienne Feyder), Matt Stern (Hendrik Booyens), McNiel Hendricks (Chester Williams) y Graham Lindemann (Kobus Wiese). 2009. Duración: 134 minutos.

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